martes, 23 de diciembre de 2025

Venezuela, la octava isla de España… Así la llamaron desde el siglo XVIII, cuando la mar se llenó de velas blancas salían de Tenerife, Gran Canaria y La Palma rumbo al poniente. Primero llegaron en hileras silenciosas: familias enteras de viñateros, pescadores y labradores pobres que la Real Cédula de 1778 empujó hacia la Provincia de Venezuela. Trajeron el timple, el gofio y la voz que se traga la “s”. Fundaron La Guaira, El Tocuyo, Guatire;Ocumare,Santa Teresa, sembraron apellidos que hoy son ríos: Rodríguez, Pérez, Corredor, Bermúdez, Yanes, Quintero… En el siglo XIX la corriente se hizo torrente. En el XX, después de la guerra civil española, los barcos volvieron a gemir: el Doramas, el Telde, La Elvira… llevaban a José, a Rodrigo, a Juan Francisco, que cruzaban veintiún días de vómitos y oración, con una sola frase en la boca: «Allá hay pan, allá hay vida». Y Venezuela los recibió como quien reconoce a sus hijos. Les dio tierra fértil y ellos le dieron su alma entera: la arepa que se volvió reina, el mojo que pica en la memoria, la malagueña que se disfrazó de joropo, la Candelaria morena que reina desde La Guaira hasta Coro, el cuatro que nació del timple y ya no quiso volver. Le dieron barrios que aún se llaman La Isleta y Los Isleños, calles donde “compadre” suena igual que en Tacoronte, y una forma de hablar que aspira la “s” y dice “lo libro”, “la gente”, como si el Atlántico nunca hubiera existido. Hoy, cuando un Corredor de Choroní y un Bermúdez de Carúpano se abrazan, cuando un niño caraqueño come gofio sin saber que es herencia de tenerife,o de las palmas, cuando una cruz de mayo se viste de flores en Barlovento igual que en Teguise, la octava isla sigue latiendo. Siete islas tiene el mapa, pero ocho tiene el corazón atlántico. Desde el siglo XVIII hasta este preciso instante, Venezuela no dejó de ser nunca la isla grande, la isla prometida, la octava isla de España y la primera casa de miles de canarios que cruzaron la mar para no irse jamás. ¡Que viva la octava isla! ¡Que nunca se rompa este abrazo de sal y de sangre!