martes, 21 de octubre de 2025

El Louvre, herido en siete minutos

Siete minutos. Lo que dura un orgasmo prolongado, una sinfonía emocional, una escena culminante en teatro. Siete minutos de éxtasis, de vértigo, de suspensión del tiempo. Así también fueron los siete minutos del robo al Louvre: una coreografía milimétrica, una penetración silenciosa en el templo del arte, una descarga de adrenalina que dejó a Francia temblando. Como el placer, el robo fue íntimo, furtivo, sin sangre pero con huella. Los ladrones no gritaron: sus cortadoras zumbaban como gemidos metálicos. No golpearon: sedujeron al sistema, lo paralizaron. No huyeron: se evaporaron entre humo, como amantes tras el clímax. Las joyas robadas —zafiros, esmeraldas, diamantes— no son solo objetos: son símbolos de poder, belleza y deseo. Como el placer, su ausencia deja vacío. Como el orgasmo, su recuerdo persiste. Pero aquí no hubo consentimiento: solo violación patrimonial. Francia fue invadida en siete minutos. El Louvre, desnudado. La historia, humillada. Y como tras el placer, queda la pregunta: ¿fue solo un instante… o el inicio de una decadencia? **Por Gonzalo Müller C.–mullergonzalo@gmail.com El Louvre, herido en siete minutos En apenas siete minutos, el corazón simbólico de Francia fue atravesado por una operación tan precisa como cinematográfica. Cuatro encapuchados, disfrazados de obreros y montados en motos negras, irrumpieron en la Galería de Apolo del Louvre y se llevaron ocho joyas imperiales de valor incalculable. No dejaron sangre, pero sí una tiara rota y un silencio ensordecedor. El robo no fue solo material: fue un asalto a la memoria, a la realeza caída, a la historia misma. Las joyas sustraídas —zafiros de María Amalia, esmeraldas de María Luisa, diamantes de Eugenia— no eran solo ornamentos, sino vestigios de un linaje que aún arde en el imaginario francés. El presidente Macron lo calificó como “un ataque a nuestra historia”; otros lo vieron como una humillación nacional. La prensa internacional habla de complicidades internas, fallos estructurales y un Louvre vulnerable, pese a sus renovaciones. Esta carta abierta no es solo una denuncia: es un llamado urgente a proteger el alma de Europa. Porque cuando se roba una joya imperial, no se hurta un objeto: se hiere un símbolo. Y los símbolos, cuando caen, hacen más ruido que el cristal blindado.

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